Del cuaderno a la prensa: cómo se armó este taller
Primeros encargos
Ilustración para revistas culturales
Los primeros trabajos pagos llegaron de revistas culturales que necesitaban imágenes para notas de arte y ensayo. Eran pocas páginas, plazos cortos y presupuesto ajustado, pero ahí se definió una manera de trabajar: leer el texto completo antes de bocetar, probar en cuaderno y recién después pasar a tinta. Esa rutina sigue igual, aunque hoy los encargos sean portadas completas.
El giro hacia el grabado
Linóleo, gubias y pruebas de taller
El interés por el grabado en linóleo apareció como una necesidad de controlar la textura de la tinta. La impresión digital resolvía la entrega rápida, pero no el grano ni la irregularidad del papel. Con la prensa manual se empezó a producir series cortas de estampas originales, con variaciones de registro que hacen que ninguna copia sea idéntica a otra. De ahí salieron las primeras estampas disponibles para venta directa.
Serigrafía y cartelismo
Carteles para sellos discográficos
Un sello discográfico independiente pidió afiches para un ciclo de conciertos y el taller se abrió a la serigrafía artística. Aprender a tensar la malla, mezclar tintas y calcular tiempos de secado cambió la forma de encarar los proyectos gráficos. Desde entonces los carteles se imprimen a mano, en tiradas cortas, con tipografía serif de catálogo y anotaciones manuscritas que quedan visibles en la pieza final.
Dirección de arte
Acompañar cada proyecto de principio a fin
Con el tiempo, editoriales y ferias empezaron a pedir algo más que una ilustración suelta: querían un criterio que sostuviera toda la identidad. Así entró la dirección de arte como parte del trabajo, desde la primera maqueta hasta el ajuste final de tinta y papel. Se definen paletas, retículas y repertorios de motivos grabados que después se replican en catálogo, señalética y credenciales sin perder coherencia entre piezas.
Dos ciudades, un mismo oficio
Asunción y Buenos Aires como base operativa
Operar entre Asunción y Buenos Aires obligó a ordenar la logística: qué se imprime en cada taller, cómo viajan las pruebas de color y cuánto margen real necesita un encargo según su complejidad. Esa distancia también amplió la red de colegas, imprenteros y ferias con las que se trabaja. Hoy el taller acepta encargos por temporada y exposiciones puntuales, con tiempos de entrega acordados caso por caso.
Cada etapa dejó materiales: cuadernos de bocetos, planchas gastadas, pruebas descartadas y notas de taller sobre papeles y tintas. Ese archivo es, en el fondo, la memoria del estudio y la razón por la que cada encargo nuevo arranca con una pregunta simple: qué historia necesita contar esta imagen.