Nicholas Wacks

Inside

Lo que queda en el camino antes de imprimir

En el taller casi nada sale bien al primer intento. Los cuadernos acumulan estudios de composición para portadas y carteles, muchos de ellos tachados al día siguiente. En las pruebas de linóleo se ajusta la presión de la prensa hasta que las zonas que queremos en blanco realmente lo estén, y en serigrafía corregimos desalineaciones de registro que solo se notan cuando la tinta ya está sobre el papel crema. Estas imágenes son de mesas de trabajo reales: matrices a medio tallar, espátulas, trapos de limpieza y hojas de prueba que no llegaron a la edición final.

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Bocetos de cuaderno para portadas

Antes de tocar la plancha, cada portada pasa por varias páginas de cuaderno. Pruebo encuadres, jerarquías y siluetas en lápiz y tinta rápida, sin corregir demasiado. La mayoría de esos estudios se descartan porque la imagen no aguanta el formato de tapa: funciona como dibujo suelto pero se pierde cuando se reduce a veinte centímetros. Lo que sobrevive a esa poda es lo que después se traslada al linóleo.

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Registro y bermellón en serigrafía

En serigrafía el error más común es el desfase entre tintas. Cuelgo las pruebas en la pared para verlas con luz natural y comparar cómo se comporta el bermellón según la humedad del día. A veces la solución es mover el registro un milímetro; otras, cambiar el orden de impresión. Anoto cada corrección en el borde de la hoja porque el mismo ajuste no sirve para todas las tiradas.

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Notas de taller que no se publican

Llevo un registro manuscrito de tiempos de secado, gramaje del papel y temperatura del ambiente. Son datos aburridos pero definen si una estampa sale limpia o con manchas. Cuando una prueba falla, guardo la hoja con la anotación de por qué no sirvió: exceso de tinta, presión despareja, papel demasiado absorbente. Ese material descartado explica mejor el oficio que cualquier pieza terminada.

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Decisiones que se toman mirando el papel

La dirección de arte de un encargo editorial no se cierra en pantalla. Necesito ver la prueba impresa, con su textura y sus imperfecciones, para decidir si la imagen sostiene el tono del texto. Muchas veces vuelvo atrás y simplifico: saco un elemento, dejo más blanco, bajo la intensidad del acento. Esa corrección suele venir después de haber impreso, no antes, y por eso el taller trabaja por rondas y no por entregas únicas.

Un taller gráfico no se sostiene solo con imágenes terminadas. Detrás de cada portada, cada cartel y cada estampa hay una mesa de trabajo, una prueba que salió mal y una decisión que se tomó mirando el papel y no la pantalla.

Por qué existe este estudio

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