El oficio antes que el resultado
Trabajo con linóleo, serigrafía y tinta negra porque el proceso deja marcas que la ilustración digital no tiene. Cuando una plancha se pasa de presión o el registro se corre dos milímetros, eso también es información. Prefiero mostrar esas pruebas fallidas antes que esconderlas: son las que explican por qué una imagen termina funcionando en su formato editorial.
Leer el texto antes de dibujar
Cada encargo editorial empieza con una lectura del manuscrito y un cuaderno de bocetos. No ilustro lo que dice el texto de manera literal; busco una imagen que sostenga su tono. Esa decisión se toma temprano, cuando todavía hay margen para corregir la composición, y no cuando la portada ya está aprobada y solo queda imprimir.
Materiales que se comportan distinto
El papel crema de 240 gramos absorbe la tinta de una manera y el de 120 de otra. La humedad del taller en Asunción no es la misma que en Buenos Aires, y eso cambia los tiempos de secado. Anoto cada ajuste en el cuaderno porque el próximo encargo va a necesitar ese dato. La constancia entre una tirada y la siguiente depende de esas notas, no de la suerte.
Lo que el cliente se lleva
Más allá de la pieza terminada, cada proyecto deja un archivo de pruebas, variaciones de color y bocetos descartados. Ese material es parte del trabajo y suele servir para entender por qué una solución se eligió sobre otra. Si en algún momento hay que reimprimir o adaptar la imagen a otro formato, esas notas de taller son las que permiten mantener el criterio original.